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By Henry James

Un joven crítico y editor fascinado con los angeles obra del difunto poeta Jeffrey Aspern se entera de que Juliana Bordereau, una de sus musas, vive aún, anciana y aislada, en un palazzo veneciano. Convencido de que conserva cartas y fabric inédito del poeta, se acerca a ella camuflando sus intenciones y consigue que lo acepte como inquilino. El joven se introduce entonces en un mundo agónico y fantasmagórico, volcado exclusivamente en el recuerdo, que l. a. orgullosa anciana habita con los angeles única compañía de una sobrina suya, una mujer ya madura que no parece haber conocido otra cosa que los angeles reclusión y el legado de un esplendor desaparecido: «Vivimos en un silencio aterrador –dice–. No sé cómo pasan los días. No tenemos vida.» los angeles presencia del joven trae un poco de «vida» a su relegada existencia, aunque el descubrimiento de que las razones de éste no son desinteresadas ni inocentes dé un turbio e inesperado vuelco a l. a. situación. l. a. idolatración del pasado y los angeles necesidad de protegerlo envuelven a los personajes en una trama maestra de ambigüedades y bajezas, en l. a. que el romanticismo y el materialismo se funden en una relación misteriosamente dialéctica. Los papeles de Aspern (1888) es, junto con Otra vuelta de tuerca, quizá los angeles nouvelle más famosa y emblemática de Henry James.

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Estuve dando vueltas más de una hora. Busqué a l. a. señorita Tina en una de las ventanas, con los angeles vaga concept de que se asomaría para ofrecerme alguna señal. ¿No vería l. a. punta roja de mi cigarrillo en los angeles oscuridad y adivinaría mis ansias de saber cuál había sido el dictamen del médico? Temo que el hecho de que en cierto modo yo esperase que, en un momento así, cuando se enfrentaba al mayor cambio de su vida, l. a. pobre señorita Tina reparase en mi character sea una prueba de los angeles intensidad de mi angustia. Mi criado bajó a hablar conmigo; sólo sabía que el médico se había marchado tras una visita de media hora. Que se hubiese quedado media hora significaba que l. a. señorita Bordereau seguía con vida; en certificar su defunción no habría tardado tanto tiempo. Envié a Pasquale fuera de los angeles casa; había momentos en que su curiosidad me sacaba de quicio, y éste period uno de ellos. Él sí había visto l. a. punta de mi cigarrillo desde una de las ventanas de arriba, y no l. a. señorita Tina. El hombre no podía saber lo que me traía entre manos y yo no podía decírselo, aunque sospechaba que tal vez albergaba en secreto fantásticas teorías sobre mí que él daba por buenas y yo, de haberlas conocido con exactitud, habría encontrado ofensivas. Subí por fin al piso de arriba, aunque no pasé de los angeles sala. l. a. puerta que conducía a las habitaciones de los angeles señorita Bordereau estaba abierta, y se vislumbraba l. a. tenue luz de una mísera vela. Hacia allá me encaminé con paso ligero, y en ese preciso instante l. a. señorita Tina apareció y se detuvo al ver que me acercaba. –Está mejor, está mejor –dijo, antes de que pudiese yo hacer ninguna pregunta–. El médico le ha dado algo; despertó y volvió a los angeles vida mientras él estaba aquí. cube que no corre un peligro inmediato. –¿No corre un peligro inmediato? Eso significa que está grave. –Sí, por haberse excitado. Eso le afecta mucho. –Le volverá a ocurrir, porque se exalta en exceso. Es lo que ha ocurrido esta tarde. –Sí, no debe salir más de su cuarto –asintió los angeles señorita Tina, cayendo en uno de sus lapsos de distanciamiento. –¿Qué sentido tiene hacer ese comentario –me allowí preguntar–, si usted vuelve a llevarla a donde quiera los angeles próxima vez que se lo pida? –No lo haré... no volveré a hacerlo. –Tendrá que aprender a no ceder. –Sí, eso haré; me costará menos si usted me cube que eso es lo que hay que hacer. –No debe hacerlo por mí... debe hacerlo por usted. Todo repercute en su ánimo, si está usted asustada y nerviosa. –Bueno, ya no estoy nerviosa –respondió, con bastante serenidad–. Se ha quedado muy tranquila. –¿Está consciente... habla? –No, no habla, pero me coge los angeles mano. l. a. aprieta con fuerza. –Sí. Esta tarde vi l. a. fuerza que tiene, cuando cogió ese retrato. Si los angeles aprieta con tanta fuerza, ¿cómo es que está usted aquí? Esperó un momento; aunque tenía el rostro completamente oculto entre las sombras –estaba de espaldas a los angeles luz del gabinete, y yo había dejado mi vela lejos de allí, junto a los angeles puerta de los angeles sala–, me pareció que sonreía ingeniosamente. –He salido adrede. Lo oí llegar. –Pero ¡si he venido de puntillas, con el mayor sigilo!

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